Apocalipsis en la génesis

Lo más característico de la primera colonia (1510-1542) es la presencia de la amplia masa de aborígenes como la principal riqueza productiva del país y su rápida extinción. A través del sistema de encomiendas, una parte de esa pobla­ción fue asignada a los lavaderos de oro y otra a la agricultura. También desempe­ñaron otras funciones.

Pero, al igual que para 1542 había disminuido notable­mente la extracción de oro, en esa fecha ya la población aborigen estaba práctica­mente extinguida. De los 112 000 indios que según los estimados de Juan Pérez de la Riva, existían en la Isla en 1510 -cifra que puede ser mucho mayor-, el obispo Sarmiento sólo contabilizó 893 en 1544. Aunque a esta última cifra pue­den aumentársele algunos cientos más que sobrevivían fuera del alcance de las poblaciones españolas, el número de desaparecidos es verdaderamente apocalíp­tico. Para explicar la desaparición de esta población en aproximadamente 32 años, no son suficientes las explicaciones que hace cincuenta años se daban. Se trata, más bien, del impacto que produjo, en su conjunto, la conquista y colonización. A la acción violenta para someterlos, se unieron otros factores sociales, psicoló­gicos, culturales y de otros géneros: matanzas indiscriminadas de indios; dispersión de sus poblados; traslados de lugares; separación de grupos consanguíneos; hambrunas provocadas por los rápidos desplazamientos hacia nuevas zonas de trabajo, sin que previamente se crearan las bases de alimentación; la presencia de enfermedades llegadas de Europa o Africa como la viruela, el sarampión, el mal de pián y, fundamentalmente las afecciones bronco pulmonares, todas desco­nocidas en América y para las cuales el indio no tenía la necesaria inmunidad del europeo; el choque violento con una cultura que los humillaba y vejaba, que destruía sus ídolos y pisoteaba su religión, y la intensidad del trabajo sin la presencia de otros estímulos, hizo que no sólo murieran masivamente sino que perdieran el interés por la vida y llegaran al suicidio, incluso masivo. Mucho más importante fue la sobremortalidad infantil por desnutrición o falta de cuidados de la madre. Si se tiene en cuenta que la esperanza de vida de los aborí-

genes antillanos era de 25 años en sus condiciones normales, el ciclo iniciado en 1510 concluía alrededor de 1535. Sin razones para vivir tampoco las tenían para procrear.

La forma que adquirió la explotación del indio no estuvo exenta de crite­rios contrarios. La encomienda había sido el resultado del forcejeo entre la Corona y los conquistadores pero, en la medida en que sus efectos aniquiladores se hacían visibles surgieron nuevas fuerzas contrarias a esa institución. En par­ticular algunos miembros de la orden dominica como los frailes Antón de Montesinos y Bartolomé de Las Casas venían oponiéndose al trato inhumano que recibían los naturales de América. Las Casas, conocido como el Protector de los Indios, no escatimó esfuerzos para evitar el holocausto. Su experiencia en Cuba, y posteriormente en México, le permitió expresar un pensamiento racionalmente nuevo que se enraizaba en lo americano.

Para 1516, la discusión giró sobre las capacidades humanas del indio. Teó­logos, canonistas, cronistas, entre otros, argumentaron en una dirección u otra. En medio de esas acaloradas polémicas murió el rey Fernando y asumió la regen­cia de Castilla el cardenal Cisneros que, con sus 80 años y su largo período al lado de Femando e Isabel en cuestiones de gobierno, conocía la evolución que, hasta entonces, habían tenido los problemas americanos. No había dudas que las leyes de Burgos de 1512 debían recibir sustanciales modificaciones. El cardenal franciscano elaboró un plan, conocido con su nombre, encaminado a resolver

R varios problemas relativos a la situación colonial, entre los cuales estaba el de los aborígenes. Según las disposiciones de Cisneros, éstos debían ser tratados como hombres libres y cristianos y se debían crear las condiciones para que vivieran sin tutela siempre y cuando pagasen los correspondientes tributos de vasallos.

■ Para ello se planteaba la opción de la creación de comunidades indígenas que debían erigirse en lugares apropiados para la labranza, la pesca, y separados de los poblados españoles. Estas comunidades debían quedar bajo la dirección de algún sacerdote. Pocos años después se determinó llevar a cabo en Cuba lo que sé denominó Plan de la Experiencia. Para ello llegó a la Isla el provincial de la orden de San Francisco en La Española, Pedro Mexía de Trillo, quien debía crear colo- nias agrícolas en las que los aborígenes vacos -aquellos que por ausencia o muer­te de sus encomenderos, u otra razón, se encontraban fuera del sistema de enco­miendas-, bajo la dirección de religiosos, trabajaran y fuesen cristianizados. El plan fracasó. Fundamentalmente porque el entonces gobernador, Gonzalo de Guzmán, puso todos los impedimentos, apoyado por los encomenderos, para queMexía de Trillo no pudiese lograr sus ob­jetivos. Poco después, el sacerdote fran­ciscano tuvo que abandonar la Isla

En 1529, la Corona encontró una nueva solución para imponer su políti­ca. Ante la denuncia del maltrato que recibían los indios, le otorgó el título y las facultades de Repartidor de indios al primer obispo de la Isla que haría su pre­sencia en ella, fray Miguel Ramírez de Salamanca; igual condición se le daría a su sustituto, el obispo Diego de Sarmien­to y Castilla; pero ambos, una vez llega­dos a la Isla, no sólo apoyaron a los encomenderos sino que se colocaron entre los principales explotadores de in­dios. No se trataba de un problema polí­tico, religioso o ideológico sino de que los indios seguían siendo la principal fuerza de trabajo con que contaban los colonizadores para las minas, la agricul­tura y otras labores. Cuando en 1542, y frente a la protesta generalizada de los colonos-encomenderos, la Corona dictó las leyes que reconocían al indio como

vasallo y lo liberaban de la encomienda, ya el daño estaba hecho. La medida fue resistida por algunos años en Cuba. Cuando al fin se aplicó, en los campos, en los pequeños pueblos en que se recogieron algunos pocos indios -Jiguaní y El Caney en Oriente y Guanabacoa en La Haba- na- y en las periferias de las villas, sólo se movería el fantasma de lo que había sido la población prehispana de Cuba.

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