Cuba no es El Dorado pero sí la llave del Nuevo Mundo – 4

Las riquezas de la Nueva España la convirtieron en el mayor emporio que hasta entonces había tenido la Corona hispana. Un activo intercambio comenza-ba a generarse. Entre estas tierras continentales y Europa se encontraba Cuba…..Una nueva ruta de navegación comenzó a consolidarse. En lugar de viajar contra la Corriente del Caribe, de Yucatán a Santiago de Cuba y La Española para luego adentrarse en el Atlántico, resultó la vía natural ir hacia la costa norte de la mayor de Las Antillas, a la bahía de La Habana, y de ahí, impulsado por la Corriente del Golfo (Gulf stream), transitar el océano hasta donde ésta termina, las costas occi¬dentales de Europa. De esta forma, el puerto habanero adquiría una importancia fundamental en cualquier estrategia española para la defensa de su naciente im¬perio, y en la de sus enemigos, para perforar la solidez de éste.
Fueron los corsarios franceses los que le hicieron comprender a la Corona española dónde estaba el talón de Aquiles de su plateada ruta atlántica. Como consecuencia de las guerras entre Francia y España, hicieron su presencia en el Caribe y Las Antillas los primeros corsarios. En 1536 una nave francesa apresó, a las puertas de La Habana, a tres navios españoles procedentes de la Nueva España, e incursionó dos veces en la villa que carecía de defensas. Dos años después otro corsario de la misma nacionalidad la redujo a cenizas. Ese mismo año de 1538, el rey ordenó la construcción de la primera fortaleza de la Isla en La Habana. Se le nombró Real Fuerza y fue la segunda mandada a construir en América. Cuando en 1542 otro corsario galo, Roberto de Baal, después de sa-quear, en el continente, Santa Marta y Cartagena, atacó La Habana, fue rechazado por los vecinos refugiados en La Fuerza.
Según las actas del cabildo de La Habana, hacia comienzos de los años 1550 se observa un crecimiento del comercio con los ya numerosos navios que de la Nueva España llegan rumbo a la Península -“ay mucha falta de casabi en este puerto a causa de las muchas flotas e armadas que de un año a esta parte por el an pasado” (sic)~. Los nuevos rumbos ya aparecen pero aún no están consolidados. De nuevo, un corsario francés le recordó a la Corona la impor-tancia de La Habana. El 10 de julio de 1555, Jacques de Sores, después de saquear Santiago de Cuba, atacó La Habana. El hecho tuvo una singular signi-ficación en la historia de Cuba. En primer lugar, porque las actitudes diferentes del gobernador, Gonzalo Pérez de Angulo, que huyó con su familia ante la amenaza del corsario, y la del alcalde ordinario Juan de Lobera, que enfrentó con 16 defensores, entre ellos blancos, indios y negros, a los “más de doscien¬tos arcabuceros, armados los más de petos y de cascos”, marcaron, por primera vez, la diferencia de actitudes y sentimientos entre los hombres “del lugar” y un oficial del rey ajeno al destino de la villa. En segundo lugar, por el mestizaje de la sangre derramada por los defensores. En tercero, porque “hasta tal punto desapareció [...] la primitiva Habana, que [...] todas sus viviendas se volvieron ruinas”. En ese año se inició la construcción de una nueva villa y se ordenó, por la Corona, la edificación de un sistema defensivo capaz de proteger su “llave del Nuevo Mundo”.

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