Europa: de la fragmentación a la expansión

El 27 de octubre de 1492 arribaron a las costas cubanas las tres primeras naves europeas que, bajo el mando de Cristóbal Colón, habían llega­do, poco antes, el 12 de octubre, al que seria lla­mado Nuevo Mundo. El descubrimiento de Amé­rica para los europeos, acontecimiento imprevis­to, se insertaba dentro del conjunto de cambios que se estaban operando en el que, a partir de esos momentos, sería nombrado Viejo Mundo. Los descubrimientos y conquistas de aquellos tiempos no sólo conforman el aspecto más es­pectacular de la época sino que constituyen el nuevo componente que le permitirá a la socie­dad, la economía e, incluso, a la imaginación europeas trascender la Edad Media e iniciar so­bre nuevas y amplias bases, aparentemente ina­gotables, el camino hacia la modernidad y la con­solidación del capitalismo. Una de las etapas más trascendentes de la historia humana es ésta que transcurre a partir de la segunda mitad del siglo xv y cuyos efectos de larga duración penetran la actualidad. Por primera vez, el mundo se reconocerá a sí mismo tal y como es. Europa Occidental impondrá en todas partes su presencia, su hegemonía, sus intereses económicos y políticos, sus inquietudes y criterios intelectuales y las estructuras de su civilización. Sobre los más lejanos territorios dirime sus contradicciones. Incluso, para enfrentarla habrá que hacerlo con “sus propias armas y sus propios conceptos”. Es la época histórica de la creación de las grandes rutas comerciales y del inicio de la confor­mación del mercado mundial que tendrá a Europa como centro y al resto del planeta como periferia o como zonas marginadas. Es, también, la gran época de la acumulación originaria del capital. Cuba entrará en contacto con esta Europa en transformación en condiciones totalmente desventajosas para su población aborigen.

Desde finales del siglo xni, el continente europeo padecía una profunda y larga crisis que afectó la economía y la sociedad medievales. Los primeros problemas se manifestaron en la economía rural: la caída sistemática de los precios agrícolas, la escasez de mano de obra y el alza de los productos manufacturados crearon un desequilibrio que tendía a agravarse. A corto plazo, sus consecuencias fueron las hambrunas y las grandes convulsiones sociales. Cuando las epidemias, conocidas como Peste Negra, hacen su aparición en el siglo xrv, golpean sobre una población ya debilitada por las hambrunas. En tres años (1348-1350) casi la tercera parte de la población europea desaparece. Como resultado de la crisis se comienza a modificar profundamente la sociedad: reconversión de las actividades agrícolas, éxodo del campo a la ciudad y depauperación de las masas campesinas y urbanas. Este con­texto es profundamente agravado por las guerras permanentes y las numerosas su­blevaciones campesinas reprimidas brutalmente. No obstante, la crisis iba modifi­cando las estructuras de la economía y de la sociedad. Comienza a observarse una mayor intervención del Estado. Su actitud se toma centralizadora y proteccionista. Las formas del capital que caracterizan a los siglos xv y xvi, usurero y el mercantil, adquieren en esta época su configuración. Surgen sociedades con filiales en distin­tos estados y grandes asociaciones monopólicas. El comercio va dibujando la fiso­nomía de esta Europa en mutación y, en consonancia con él, los centros de grave­dad de la economía tienden a trasladarse.

Al arribar a la segunda mitad del siglo xv, la crisis parece superada. Si bien las estructuras siguen siendo esencialmente medievales, las tendencias prefigu­ran el inicio de la época de la “acumulación originaria del capital” y de conforma­ción del mundo moderno: emergencia de las nuevas monarquías que tienden a la centralización; surgimiento de capitales en manos de los grandes mercaderes; aparición de monopolios comerciales; y condiciones para la gran expansión colo­nialista más allá de las fronteras europeas. Los nuevos grandes ejes comerciales tienden a reajustarse en medio de una lucha acérrima entre rivales. Se imponen rutas comerciales por toda Europa, que arruinan a unos y benefician a otros. Una de éstas va de Italia al suroeste -Francia y España-; la otra, hacia el noreste -Alemania, Países Bálticos y Escandinavia- con una extensión hacia el noroeste -Países Bajos e Inglaterra-. El comercio se hace más europeo. Los puertos medi­terráneos son el centro de intercambio de toda Europa con el Cercano, Medio y Lejano Oriente y con Africa. Los mercaderes árabes hacen llegar a los europeos, por esta vía, los llamados “productos exóticos”: esclavos y oro africanos, sedas chinas, azúcar y especias de las Indias. En particular, las especias estaban provo­cando una verdadera revolución en los hábitos alimenticios y gusto europeos. Su cotización era mayor que la del oro. Pero Europa seguía sin tener contactos direc­tos con las fuentes de esos productos. El enriquecimiento que éstos producían incentivó la búsqueda de nuevas vías comerciales con Asia y Africa.

El comercio mediterráneo hizo surgir las grandes fortunas que financiaron las empresas de descubrimientos y de conquistas. Los resultados comerciales del mismo crearon los grandes capitales con que se iniciaron los tiempos modernos. Florencia, Génova, Venecia, Barcelona, Lion, concentran las fortunas de los fina­les del siglo xv. La existencia de “bolsas” comerciales y financieras permite un movimiento de operaciones especulativas a gran escala -como nunca antes se había podido lograr- que sirve para proyectar y ejecutar empresas marítimas de mayor envergadura. Las bases de las impresionantes aventuras que hicieron cam­biar los mapas y llenar los libros de hazañas impensadas estaban creadas.

La Europa que se aproxima a los finales del siglo xv ve surgir los nuevos estados centralizados. Estos se encuentran sostenidos por el interés de las fuerzas nacientes -las nuevas monarquías deseosas de consolidar su poder y la burguesía que busca en la monarquía quién le facilite el control de los mercados internos y externos-. La destrucción de las barreras arancelarias internas, la creación del freno proteccionista ante sus rivales y el apoyo a sus empresas comerciales son signos de la nueva alianza. Este nuevo ideal se asienta, por una parte, sobre la ruina del sueño irredento de la Europa medieval: el sacro imperio concebido como la unidad cristiana universal, bicéfala en el Papa y el emperador; y por otra, en el sistemático proceso centralizador del Estado moderno sobre la base de la liquida­ción de la fragmentación feudal. Una figura ejemplifica el espíritu de la época: el burgués osado, individualista, conquistador, sin escrúpulos, activo y razonable-mente aventurero. El es quien hace los negocios del príncipe o del rey para mejor realizar los suyos. Es tal su poder que trata con los monarcas “de potencia a potencia”. Su perfil es la antítesis del modelo de hombre del milenio cristiano medieval.

En todos los casos, los cambios políticos están unidos al replanteamiento del problema religioso y al papel de la Iglesia dentro del Estado. Francia, Inglate­rra, España y Portugal emergen como los nuevos conjuntos políticos centraliza­dos sobre un cierto consenso nacional personificado en el rey, cuya autoridad no tiene límites. El poderío que aún ostentan los estados italianos -Venecia, Milán, Florencia, los estados papales- será de corta duración debido a la presencia de los nuevos estados que, en todos los terrenos, podrán reunir mayores recursos y desa­rrollar una política mercantilista más amplia y agresiva, tanto en la consolidación de un mercado interno como en la creación de su mercado internacional. De igual forma, las monarquías centralizadas mostraron mayor capacidad para sobrepo­nerse a los efectos de las catástrofes, guerras, epidemias y hambrunas.

Varios factores apuntan hacia la Península Ibérica como la que tiene las ven­tajas iniciales para la expansión fuera del marco europeo. Inglaterra y Francia se habían desgarrado durante la Guerra de los Cien Años, culminada en 1450. Pero ambas, apenas salidas del conflicto, se volvieron hacia dentro para dirimir, a tra­vés de guerras, problemas vitales que, en su solución, consolidaron sus estados nacionales. Inglaterra, en el enfrentamiento sucesorio conocido como Guerra de las Dos Rosas, que opuso, hasta 1485, a los seguidores de la casa de York contra los de la de Lancaster; Francia, en el conflicto contra los estados del duque de Borgoña, que no disminuyó hasta 1477. España y Portugal devienen potencias europeas capaces, no sólo -en el caso de la primera- de una hegemonía continen­tal de más de medio siglo, sino, además, de emprender la vasta aventura atlántica que se convertiría en la primera aventura universal.

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