La consolidación de la sociedad criolla -5

Desde mucho antes el vicealmirante Charles Knowles había hecho un estu-dio de la plaza y un plan estratégico para su ocupación. Había observado que la loma de La Cabaña estaba desguarnecida y era un punto estratégico básico para hacer rendir la ciudad. A las mismas conclusiones había llegado el capitán gene-ral de la Isla, Francisco Cajigal y de la Vega, quien con anterioridad había dirigi-do la defensa de Santiago de Cuba, llevaba en la Isla cerca de treinta años, y tenía una concepción de la guerra irregular con la utilización, como fuerzas de desgaste y enfrentamiento al enemigo, de las milicias. El nuevo monarca español, Carlos III, recién llegado de Italia, nombró a uno de sus acompañantes, Juan del Prado Portocarrero, en sustitución de Cajigal, cuando ya era evidente el enfrenta¬miento. Este error costó caro.
La mayor armada que había cruzado el océano hasta entonces, partió del puerto de Spithead. La integraban 34 barcos de línea y de carga bajo la dirección del almirante Sir Jorge Pockock. El jefe del ejército de operaciones era el conde de Albemarle. Las fuerzas se componían de 10 000 hombres de tropas y 8 000 de tripulación. A ellos se agregaron refuerzos de las Trece Colonias de Norteamérica y 2 000 peones negros de Jamaica. Más de 20 000 hombres en total.
En los primeros días de junio de 1762 hizo su aparición frente a la ciudad habanera, la flamante armada británica. Albemarle no hizo muestras, precisa-mente, de una capacidad militar destacada, pero Portocarrero, acostumbrado a dirigir operaciones al estilo italiano, subestimó el valor de las milicias. Mientras las fuerzas regulares de defensa eran 2 330 efectivos, las milicias las superaban con 4 753 hombres. La ineptitud de Portocarrero se hizo evidente en todo el proceso de defensa. Por el contrario, las milicias y voluntarios dirigidos por jefes criollos como el regidor de Guanabacoa, José Antonio Gómez y Bullones (Pepe Antonio), Luis de Aguiar, Agustín de Cárdenas y Lauriano Chacón hicieron gala de destreza y valentía. Hazañas como las de Luis de Aguiar, quien dirigió la defensa de la Chorrera y de la zona de San Lázaro y atacó a las tropas inglesas la noche del 18 de julio con 500 milicianos y 150 negros esclavos, destruyéndoles los cañones, son muestras de la capacidad de estas tropas. La caída de La Cabaña en manos inglesas le permitió colocar bajo sus baterías a la ciudad. Poco después, y pese a la heroica resistencia dirigida por don Luis de Velasco, era tomado El Morro por asalto. El 12 de agosto se firmó la capitulación de la ciudad pese a la oposición de muchos de los jefes de milicias. Al día siguiente entraban triunfan-tes las tropas británicas en la ciudad. La diferencia entre los jefes militares que rodeaban a Portocarrero y los de las milicias estribaban en que, mientras el pri-mero y sus asesores españoles lo veían todo desde una óptica militar europea, los jefes milicianos habaneros no sólo defendían el pabellón de Castilla sino, más que todo, su patria.

Las diferencias entre unos y otros se constatarán en numerosos incidentes. En uno de ellos, el coronel del ejército regular Carlos Caro ofendió al héroe de Guanabacoa, Pepe Antonio, y le ordenó retirar de Jesús del Monte a sus 300 milicianos. A Luis de Aguiar, el más combativo de los jefes criollos, le ordenaron retiradas inexplicables. Éste, como otros jefes criollos, se negó a participar en la capitulación. Una valoración hecha en la época, expresaba, haciendo justicia a una de las fuerzas más destacadas, la formada por los negros criollos: dicen que no se pudo hacer mejor la defensa, porque la gente del país era de poca, o ninguna confianza [...] a excepción de lo que obró Velasco en el Morro, todo lo demás de alguna gloria, fue hecho por los paisanos [...] Más de 7 000 bombas, cascajos y granadas vinieron a la plaza [...] pero tan lejos estuvo de amedrentarse nuestra gente, que antes demandaban a gritos por salir a la campaña, de que todos los Señores sacaron el cuerpo [...] la razón que tuvo el inglés para pasar a cuchillo negros y mulatos, consistió en odio de las correrías que hicieron bárbaramente: 20 se descolgaron del mismo fuerte, en una ocasión sólo con sus machetes y a pesar de los fusiles se entraron en una de las trincheras, matando a los que no hirieron.5 Las mujeres habaneras no fueron menos heroicas. Escribieron el primer documento, que se conozca, acusando a los jefes militares españoles por sus negligencias, y exaltando la capacidad de los criollos profundamente ofendidos por la forma en que se rindió la plaza.
A mediados del siglo XVIII la sociedad criolla había logrado consolidarse. Estaban sentadas las bases para el desarrollo productivo de sus renglones funda-mentales. En sus ciudades había un activo artesanado y numerosos trabajadores calificados. Los criollos habían logrado más: resistir con éxito las medidas res-trictivas del poder colonial y evitar que la Isla fuese dominada por potencias que impondrían otra cultura. Habían aprendido a defender su patria y esto era su or-gullo. Por ello las primeras expresiones intelectuales del país serian obras que tenían por objetivo crear la memoria histórica de los orígenes y evolución del pueblo de la Isla. Éstas fueron La Historia de la Isla y Catedral de Cuba, de Pedro Agustín de Morell de Santa Cruz y Llave del Nuevo Mundo. Antemural de las Indias Occidentales, de José Martín Félix de Arrate. Este último inscribe en su obra estos versos: “Aquí suelto mi pluma ¡ó patria amada, / Noble Habana, ciudad esclarecida!”
Si en 1689 sólo habitaban la Isla 34 803 personas, para 1757 ya existían 145 877. La Habana y su cinturón productivo albergaba a 72 745 personas para un 49,9 % del total. Le seguían en importancia, B ay amo con 12 653 habitantes, Puerto Príncipe (Camagüey) con 12 000 y Santiago de Cuba con 11 793. No hay dudas de que el activo comercio de contrabando de Puerto Príncipe y Bayamo permitieron que se mantuviesen como los dos núcleos poblacionales que seguían en importancia a la capital. Pero en castigo a la rebeldía de Bayamo, la Corona no le otorgaba el título de ciudad. La toma de La Habana por los ingleses fue un — impás en el conflicto interimperial, también fue una experiencia que traería consecuencias inmediatas; se asumió como una afrenta que debía ser cobrada.

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