Las comunidades aborígenes cubanas- page 2

Como otros aruacos, eran de baja estatura -1,58 m los hombres y 1,48 m las mujeres- aunque esta idea de estatura es por comparación con la del hombre moderno de los países desarrollados; en realidad, el español de la época no pare­ce haber sido mucho más alto (el propio Carlos V medía 1,58 m); tenían rasgos faciales típicos del mongoloide americano y practicaban -se ha supuesto que por razones estéticas- la deformación del cráneo. Un fresco del aspecto de estos abo­rígenes, nos lo ofrece el propio Cristóbal Colón: Ellos andan todos desnudos como sumadre los parió; y también las mujeres aunque no vi más de una farto moza, y todos a los que yo vi eran todos mancebos, que ninguno vi de edad de más de treinta años; muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos, y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuasi como sedas de cola de caballos, é cortos: los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detras que traen largos, que jamás cortan: dellos se pintan de prieto, y dellos son de la color de los canarios [se refiere a los naturales de las Islas Canarias], ni negros ni blancos…9A lo que agrega Fernández de Oviedo que no tenían barbas.

Estos grupos del Neolítico cubano hablaban la lengua del tronco lingüístico arnaco, en una modalidad que se ha dado en llamar arnaco insular, que, según los cronistas, estaba extendida por todas Las Antillas. Su huella está, aún hoy, en numerosos vocablos de uso frecuente en Cuba. La toponimia del país está llena de ellos (Cuba, Habana, Baracoa, Camagüey, Jagua, Bayamo, entre otros); tam­bién son frecuentes en los nombres de árboles y frutas (aguacate, ají, anón, gua­yaba, guanábana, güira); y en el de objetos y cosas (batey, bohío, huracán por sólo citar ejemplos).

Los sitios de asentamiento de los grupos neolíticos cubrieron la Isla desde las zonas más orientales hasta las occidentales de La Habana y Matanzas. Los mismos se encuentran en disímiles localizaciones, tanto en la costa como en el interior; siempre junto o cercano a ríos, lagunas o zonas cenagosas. En estos lugares surgieron sus poblados cuyas dimensiones varían de acuerdo con el número de habitantes. El propio Colón refiere la existencia en algunos de hasta cincuenta casas. Aunque la tendencia era a una disposición circular, en torno a un espacio céntrico -especie de plaza que los aborígenes llamaban batey-0 donde efectuaban

sus fiestas, lo cierto es que no respondían a un ordenamiento ni distribución pla­nificada. Las viviendas eran de madera de palma y techadas con pencas del mis­mo árbol. Las había de dos tipos. La más generalizada llevaba el nombre de ca­ney, de estructura circular y techo en forma de campana en cuyo centro tenía una abertura para dejar escapar el humo. El otro tipo de vivienda era el bohío, de forma rectangular, techo a dos aguas y portal, destinado a los personajes principa­les. En lugares cenagosos o acuáticos, levantaban sus casas sobre pilotes que las colocaban sobre el nivel del agua o la ciénaga (palafitos).

Los utensilios y herramientas de los tainos muestran una diversidad, termi­nación y riqueza sólo propia de un notable desarrollo técnico y artístico producto de aguda observación, gran destreza y siglos de experiencia. El trabajo de la con­cha, como el de la piedra, adquiere ahora un mayor desarrollo. Los huesos de animales, así como los dientes y vértebras de pescado, sirven para confeccionar útiles muy variados. La madera tuvo una amplia utilización; con ella construían sus casas, sus asientos con figuras zoomorfas, sus armas como la macana -espe­cie de espada- sus instrumentos de labranza como la coa o palo cavador, y ca­noas de diferentes tamaños. Un amplio ajuar se derivaba del procesamiento del algodón y de otras fibras vegetales. Entre las piezas de este tipo estaba la hamaca y las naguas -especie de falda atada a la cintura- usadas por mujeres casadas y cuyo largo expresaba el status social. Fue notable el desarrollo de la cerámica taina y ese exiguo remanente de ella que aún hoy se conserva es la constatación de lo que fue una hermosa cultura brutalmente extinguida. Sabían seleccionar el barro según su plasticidad y la presencia de componentes minerales que impe­dían la fractura. El fuego sirvió para cocinar sus alimentos, construir canoas, perfeccionar sus objetos y para preparar los campos que se iban a sembrar.

Lo que caracteriza a la economía de estos aborígenes es el paso de los siste­mas de apropiación a los de producción social organizada, cuyo rasgo distintivo es la agricultura pero, paralelamente, mantuvieron y desarrollaron la pesca, la recolección y la caza.

La agricultura se caracterizó por la variedad de sus siembras: yuca agria y dulce, boniato, frijoles, calabaza, ají y maní, entre otros. No obstante, la yuca ocupó el lugar preferente en el trabajo y la alimentación. A partir de este tu­bérculo se desarrolló un amplio complejo cultural y productivo. En los cultivos -realizados en sabanas o terrenos llanos- se empleaban dos métodos diferentes. El primero, el más antiguo, conocido como de roza o azada,consistía en la que­ma del bosque y, posteriormente, en su siembra. Esta última se realizaba por parejas -uno abría los hoyos con la coay el otro depositaba las semillas-. Este sistema, además de los daños ecológicos que causaba, tenía el inconveniente de agotar en poco tiempo los terrenos. El segundo método, llamado de montones, era mucho más eficiente. Se levantaban montículos de tierra de 2 o 3 m de diáme­tro y de una altura aproximada a la rodilla. Estos montones de tierra formaban hileras ordenadas y separadas entre sí por unos dos pasos. En cada montículo se sembraban varios pedazos del tallo de la planta -cangres- de la yuca. Este siste­ma permitía una alta producción y la conservación del producto por largo tiempo. Se ha afirmado que Si los cálculos de Fernández de Oviedo, los padres Jerónimos y el padre Bartolomé de Las Casas son exactos, cosa que parece comprobada, las tierras mejor cultivadas de los tainos agroalfareros teman una producción de 526 kg de yuca por ha, de la cual obtenían 132 kg de casabe. Puede afirmarse que Europa no conoció en la época un cultivo de rendimiento semejante hasta la importación de la papa de Suramérica.11

El complejo productivo de la yuca permitía a los tainos una amplia gama de productos. Según el cronista Fernández de Oviedo, la yuca proveía a los aboríge­nes de pan para sustentar la vida; licores de dulce y agrio que les servían de miel y vinagre; leña para el fuego, de las ramas de esta planta cuando les faltase otras; y veneno.12 De todos estos productos, el más extendido fue el casabe o pan de yuca, que constituía la dieta básica y fue adoptado por españoles y criollos como sustituto del pan de trigo.

Al cultivo de la yuca se unieron el boniato o batata, la calabaza, los frijoles de distintas especies y los ajíes, especialmente el picante -ingrediente básico en la condimentación taina-. Se sabe también que procesaban el algodón.

En lo referente a la pesca, hubo comunidades especializadas. Lo más nota­ble es lo variado de los métodos empleados para esta actividad. Usaron el sistema de van], desarrollaron distintos tipos de anzuelos, redes y hierbas tóxicas que atontaban a los peces. Incluso, fabricaban presas donde los criaban. También do­mesticaron algunos animales como el llamado, por los españoles, perro mudo porque nunca lo oyeron ladrar. La recolección de frutos y moluscos completaba el cuadro de actividades económicas de las comunidades tainas de Cuba.

La economía agrícola tuvo efectos sensibles. El primero fue un notable cre­cimiento demográfico que superó, con creces, al de todas las comunidades prece­dentes; el segundo, una cierta estabilidad de los grupos en zonas propicias al cultivo; y, tercero, un desarrollo de la organización social.

El paso de la economía de apropiación a la de producción agrícola implicó la sedentarización de los grupos tainos. Estas condiciones permitieron no sólo desarrollar una producción suficiente para las necesidades del grupo sino que, además, posibilitó la existencia de un excedente. Éste fue la base para el desarro­llo de nuevas funciones dentro de los colectivos humanos que, por una parte, hicieron más compleja la organización social y, por otra, permitieron el surgi­miento del intercambio.

Tomando como fuentes las evidencias arqueológicas, los estudios compara­tivos y los relatos e informaciones de los cronistas, se puede afirmar que la orga­nización social de estas comunidades estaba basada en lazos y relaciones gentilicias matrilineales y exógenas en una fase avanzada. La base de toda la organización es la familia y los lazos de consanguinidad por lo que las relaciones ciánicas, tribales e intertribales descansaban en las alianzas matrimoniales y la exogamia -prescripción de lazos matrimoniales fuera del propio grupo gentilicio- que per­mitían la distribución interna de funciones y productos.

El hecho de la existencia en estas sociedades de un reparto de responsabili­dades ha permitido que, en los estudios más recientes, se Ies denomine socieda­des de prestigio y a su sistema como de obligaciones. De este modo parecen entenderse con mayor claridad las confusas observaciones de los españoles de los finales del siglo xv y principios del xvi. Los naborías, interpretados en la antigua versión como un grupo explotado y quizás proveniente de una cultura anterior subyugada, encargados de las labores agrícolas, serían explicados a partir del status personal que los colocaba -transitoriamente, durante una parte del año y una etapa de la vida- en esta obligación familiar de cooperación con el trabajo de la colectividad. Este trabajo como naborías sólo tendría lugar durante la niñez y la juventud. Con la adultez, el matrimonio y las nuevas responsabilidades, asu­mían otras obligaciones. Así se explicaría también la formación de los baquías o guerreros. Las jefaturas parecen asentarse rigurosamente en la consanguinidad, la edad, el sexo, la experiencia y el prestigio. Cada clan tenía un jefe que ostenta­ba la máxima autoridad. La presencia de un clan principal o de varios en el con­junto, relacionados por lazos de consanguinidad, pudiese explicar la existencia de los nitahínos, como ocupantes de un status diferente. De ellos, saldría el 

cacique, o jefe supremo. Este sistema estaba justificado sobre la base de una mitología que identificaba al cacique con las leyendas heroicas de sus antepasa­dos. Según las crónicas de la conquista: Porque con la continuación de tales cantos no se les olvidaban las hazañas y acontecimientos que han pasado y estos tales cantos les quedan en la memoria [...] y por esta razón recitaban las genealogías de sus caciques, reyes o señores.*3 Co­locados también en una posición privilegiada se encontraban los behiques o chamanes, curanderos que conocían sobre ciertas plantas curativas y realizaban “comunicaciones” con los cemíes (sus divinidades); dirigían el ceremonial, así como otras actividades. Su sucesión se realizaba por dotes o aprendizaje.

A la llegada de los españoles, la tierra seguía siendo un bien común aunque ya se observaba que clanes y familias ostentaban ciertas prerrogativas sobre zo­nas favorables a la producción o a la apropiación. Acerca de un conjunto de cos­tumbres tainas se ha especulado no poco.. Lo generalizado entre ellos fue la monogamia pero se observa la presencia de la poligamia, especialmente entre los caciques. Fernández de Oviedo afirma que se realizaba el manicato (al efectuarse el matrimonio, los hombres del mismo rango social que el novio poseían a la desposada). Existen noticias de la práctica funeraria sati (entierro de las esposas con el muerto) para los caciques.

Las comunidades tainas tenían una amplia gama de creencias, mitos y prác­ticas mágico-religiosas vinculadas al proceso conocido como revolución neolítica, asociado al logro por el hombre de un cierto dominio de la naturaleza, la presen­cia de la agricultura y la creación de una cierta memoria histórica colectiva que encuentra en el mito sus formas de transmisión oral. Concebían el mundo que los rodeaba poblado de espíritus que incidían en todos los fenómenos de la naturale­za y la vida. Sin embargo, para el estudio de estos elementos vivos de una cultura muerta, sólo contamos, apenas para reconocerlos, con la visión y versión de los cronistas españoles de la conquista.

Muchos de los ritos, ídolos y mitos estaban relacionados con fenómenos de la naturaleza incomprensibles e incontrolados para ellos. Huracán, por ejemplo, era su ídolo de la tempestad. El culto a la fertilidad, vinculado al nacimiento de una economía agrícola, se manifiesta en los numerosos idolillos encontrados en­tre sus siembras, siempre femeninos y con el sexo bien definido; Vaybrama era el dios de la yuca. Entre sus mitos se encuentra el del origen del hombre, que, barbarie pero, quizás, a los ojos de los tainos, los términos resultarían invertidos. Si se tiene en cuenta que aquella era una cultura antillano-caribeña presente en casi todas las islas y que de un cálculo de más de un millón y medio de personas apenas quedaban unos cientos hacia 1550, se entiende la magnitud del holocaus­to. Para ellos, que recibieron a los recién llegados con muestras de paz y amis­tad,14 el encuentro de esos dos mundos no sería, como afirmaron algunos con­quistadores, el acontecimiento más importante después de la creación sino, por el contrario, el cumplimiento de la última profecía bíblica: el armagedón pero sin sobrevivientes elegidos por Dios. Sería, en su realidad, el fin de la creación.

El estudio de todos estos siglos del hombre en Cuba sigue siendo sumamente insuficiente dadas las limitaciones de las fuentes: testimonios de los conquistadores y restos arqueológicos. Su mundo vivencial apenas nos llega a través de tenues rayos que se observan a trasluz; los tenues reflejos de una cultura muerta que ya no puede transmitir su intensidad.

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