Las comunidades aborígenes cubanas- page 1

Hacia el año 1000 a.n.e. se observa en territorio cubano la presencia de una cultu-ra más evolucionada. Sus actividades fundamentales siguieron siendo la pesca y la recolección pero, ahora, con nuevas técnicas, a lo que se añade un mayor desa-rrollo de la caza, tanto de animales terrestres como de aves. Su economía siguió siendo de apropiación pero, al poseer una técnica mejor y una mayor diversidad de instrumentos, pudieron no sólo lograr obtener lo necesario sino, además, un sobrante natural que mejoró sus condiciones de vida y alimentación. Por tales razones estas comunidades fueron bastante estables. Sus residuarios, aunque va-rían de tamaño, presentan, en el caso de los más grandes, montículos de varios metros.
El hábitat de estos grupos fue el litoral de ambas costas de la isla de Cuba, encontrándose su presencia tanto en la región occidental como en la oriental, y en las islas y cayos cercanos al litoral. Especiales concentraciones de estos grupos se situaron en las cayerías norte y sur de Camagüey y en el Golfo de Cuacan ay abo. El territorio costero que escogían era de ciénagas y manglares y, preferentemente, cerca de ríos o lagunas que les facilitaran agua potable.
Entre sus actividades económicas, la pesca continuó ocupando un lugar preferente. Para ella usaron una nueva variedad de anzuelos conocida como “atragantador” e introdujeron el uso de la red, lo que mejoró los rendimientos. De igual forma, los hallazgos arqueológicos demuestran que mantuvieron la recolección y captura de moluscos. La caza, en particular de la jutía, fue una actividad complementaria que adquirió bastante importancia. En este aspecto muestran otro desarrollo importante, la construcción de trampas para mamíferos y roedores pequeños. También construyeron trampas para la captura de aves y distintos tipos de reptiles que complementaban su alimentación. Entre sus instrumentos está el tallado de las piedras en formas pequeñas y el de la concha, contándose más de 40 tipos de artefactos de este origen, como vasijas, platos, cuchillos, etc. Trabajaron también la madera, entre cuyos objetos más curiosos está el “bastón de mando”, de 61 cm de longitud, se desconoce su verdadera utilización. Las canoas o balsas eran el resultado del trabajo con madera y el empleo del fuego. Este último cumplió diversas funciones, desde ayudar en la elaboración del ajuar y en la preparación de alimentos, hasta para ahuyentar mosquitos y jejenes.
En esencia, estas comunidades mantuvieron el nexo gentilicio y una división, quizás más acentuada, del trabajo por sexo y edades. Los nexos gentilicios fueron muy flexibles. Sus enterramientos eran colectivos. Los cuerpos eran depositados con el cráneo hacia el este y en diferentes posiciones: fetal, decúbito supino y decúbito prono. Entre las ofrendas -las más llamativas y las que parecen estar acorde con la jerarquía de los muertos- son los gladiolitos (o dagas líticas); las esferolitas (o bolas líticas) parecen estar relacionadas con la edad del difunto.
La pictografía que se observa en localidades cercanas a sus asentamientos se le atribuye a estas comunidades. Son preponderantemente de carácter abstracto, tienen diversas formas geométricas y están realizadas en negro y rojo. Se les supone un contenido mágico-religioso.
Hacia el 500 a.n.e. ya aparecen establecidas en Cuba las comunidades mesolíticas tardías, aunque no se ha podido aclarar su procedencia y ruta migratoria. Para algunos arqueólogos, provienen del oeste de la Península de La Florida. Estos grupos aparecen localizados en la costa norte de La Habana, Matanzas y Villa Clara. Con ligeras variantes en sus instrumentos, también se encuentran en lugares tan diversos como el sur de Guanahacabibes, el sur de Camagüey y en la costa de Baracoa. Estas comunidades sobrevivieron hasta la llegada de los españoles y han recibido, además, el nombre de “protoagrícolas”. Vivieron en zonas costeras, terrenos más bien bajos, de abundante vegetación y cercanos a ríos y manglares, aunque existen localidades en el interior del territorio que presentan sus huellas. Eran de baja estatura, tipo mongoloide y no practicaban la deformación craneana. Las actividades que desarrollaban eran similares a las de los grupos precedentes: pesca, recolección y captura y caza de pequeños animales. Su dieta estaba compuesta, fundamentalmente, de caracoles marinos y de agua dulce. El ostión constituyó uno de sus principales alimentos. Lo más llamativo del Mesolítico tardío es la aparición, aunque escasa, de piezas de cerámica y, además, la posibilidad de ciertas formas incipientes de agricultura. También trabajaron la piedra, la concha y la madera. En sus residuos se observa el uso de la concha no sólo como el instrumento más diversificado sino también el más desarrollado. La presencia de la cerámica tiene las características propias de la alfarería temprana. También es posible que hayan “domesticado” algunas plantas y animales.
En su organización social no parecen diferenciarse de las comunidades mesolíticas anteriores. La jefatura de la comunidad se basa en las funciones, ex-periencias, prestigio y edad. Están en estudio sus creencias mágico-religiosas. Se han encontrado dibujos rupestres hechos con colorantes vegetales y minerales.
Hacia el 500 de n.e. comenzó a asentarse en territorio cubano una nueva cultura cuya presencia, extendida y ampliada durante siglos, conformaba el más notable ámbito humano del archipiélago a la llegada de los españoles. Estos abo-rígenes y su cultura constituyen el amplio espectro del indocubano transmitido por los cronistas de la conquista, quienes fijaron su imagen indeleble en la historia del país. Estos grupos humanos eran mucho más evolucionados que los ante-riores. Aunque se han distinguido dos fases de su establecimiento en Cuba -la primera o temprana del 500 al 1000 de n.e. y la segunda o tardía, del 1000 de n.e. hasta comienzos del siglo xvi-, la unidad etnolingüística y las huellas comunes de su cultura material llevan a considerarla como un único complejo cultural. Éstos son los tainos a los que hacía referencia el padre Las Casas.
Los grupos del Neolítico cubano forman parte de una de las más extendidas familias aborígenes americanas, los aruacos -también llamados arauacos o arawaks- de origen suramericano. Estudios recientes expresan que grupos aruacos, en su peregrinar continental, transitaron hacia el norte por un afluente del Amazonas y llegaron a la cuenca del Orinoco. Por este último río descendieron hasta las costas caribeñas de Venezuela y Guayanas. Las vías fluviales eran las únicas para circular debido a la impenetrabilidad de los espesos y densos bosques para grupos humanos pequeños y de instrumentos inadecuados; pero, a la vez, estas prácticas los formó como buenos navegantes, excelentes constructores de canoas y no menos desta- cados pescadores. Todo ello los colocó en condiciones privilegiadas para su asentamiento en Las Antillas. Una vez en la desembocadura del Orinoco y en las costas de Venezuela y Guayanas, la corriente impetuosa de este río, que se adentra profundamente en el Caribe, les facilitó llegar al arco de Las Antillas Menores y, a través de éste, a Las Mayores, incluida Cuba. Son numerosos los elementos que demuestran la pertenencia aruaca de los grupos neolíticos de Cuba. Entre ellos, la actividad agrícola -fundamentalmente la siembra de la yuca-, la elaboración del casabe o pan de yuca, la utilización de hamacas tejidas de algodón y el uso del tabaco, entre otros. De igual forma los elementos morfológicos y lingüísticos confirman esta pertenencia. En su conjunto a estos grupos antillanos se les denominó tainos,8 más como un complejo cultural y étnico que como unidad sociopolítica. Por esas razones el complejo cultural taino es antillano, y no se circunscribe sólo a nuestra Isla.

 

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