Los hombres de esta tierra: los. criollos -1

Durante la etapa el crecimiento poblacional de Cuba fue lento pero de indudable recuperación si se le compara con la situación anterior. En 145 años (1544-1689) la población sólo creció en 29 603 habitantes. La misma había nacido mayoritariamente en el país y estaba fuertemente mestizada. Otra característica es la desigualdad en la ubicación de esta población. La Habana y su cinturón agrario albergaba el 60,3 % de los habitantes de la Isla. Le siguen en importancia Bayamo, Puerto Príncipe y Santiago de Cuba. Las otras villas tienen desarrollos proporcionales mucho menores.
Es en esta etapa que presenta sus perfiles iniciales el criollo, un nuevo tipo social diferente a sus progenitores españoles, africanos e indios. Este es el re-sultado de la mezcla, selección y creación de los elementos humanos y culturales que convergen en la Isla. Sus rasgos definitorios irían tomando forma a través de su relación con un medio natural, social y espiritual diferente al de sus padres. Nacidos en Cuba, no tienen memoria histórica ni nexo emocional con el lugar de origen de sus progenitores. Gustos, costumbres, tradiciones, hábi¬tos, modos de pensar y de actuar responden a sus necesidades espirituales y a los intereses específicos surgidos de su medio social y cultural. El modo de vestir, el tipo de alimentación y los hábitos de vida, los sentimientos y sus manifestaciones son el resultado de lo que la naturaleza tropical y su sociedad en germen les ofrece o de la adaptación de lo que se trae desde afuera. De sus propias experiencias nacen sus nuevas tradiciones que tienden a reafirmar su pertenencia a la tierra que los vio nacer y a conformar su propia personalidad frente a lo externo. El lenguaje y el modo de expresión, lleno de nuevos con-ceptos, muchos tomados del acervo indio o negro, conforman no sólo un nuevo modo de pensar, y consecuentemente, de decir y de definir. La espiritualidad, como ocurre en todas partes en el siglo xvn, se expresa a través de simbolizaciones religiosas pero éstas ya no responden a lo externo español. Todas las villas se colocan bajo un nuevo símbolo religioso. Santiago de Cuba lo hace con una imagen grabada en una tabla, el Santo Ecce Homo, a la que le atribuyen sudoraciones en caso de peligro para la ciudad; La Habana, si bien mantiene a San Cristóbal, tiene ahora una virgen negra y marítima, la de Regla, que adquiere nuevos atributos. El caso más significativo es el de la virgen del Cobre. En las minas de Santiago del Prado o del Cobre, su administrador, el peninsular Sánchez de Moya, impone la virgen de Toledo, protectora de los herreros españoles. Poco después, en 1612, tres trabajadores -dos indios y un negro- hallan en la bahía de Ñipe una imagen de bulto -no se trata de ninguna aparición-, probablemente perteneciente a un barco hundido por una tempestad, y la trasladan a las minas del Cobre. Durante cierto tiempo la de Toledo se mantuvo en el centro del lugar y la del Cobre en las afueras. Por fin se impuso el símbolo criollo sobre el español.
El concepto de criollo se aplicó a los naturales de la Isla desde el propio siglo xvi. Por ello, los identificaba, definía y unía más allá de los factores étnicos, raciales, religiosos o de origen de sus padres. Se le llamaba peninsular al español que llegaba desde Europa y criollo al nacido aquí; bozal al africano y criollo al negro nacido en la Isla. Los criollos (palabra que significa el “pollo criado en casa” para diferenciarlo del otro, del que viene desde afuera) comienzan a consti-tuir un pueblo nuevo que de un origen multicultural, elabora, transculturando, es decir, mezclando, seleccionando, modificando, abandonando elementos culturales de las diversas raíces originarias y creando otros, una cultura nueva, tanto material como espiritual. Son los puntos de partida sobre los que se asentará la configuración del cubano y su cultura.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *