Una antigüedad que empieza a ser conocida

La visión que durante siglos se tuvo de los primitivos habitantes de Cuba fue la que transmitieron los conquistadores y los llamados Cronistas de Indias -que acompa­ñaban a los primeros o redactaron sus hechos desde la España de la época- a partir de su contacto directo con ellos. Al leer estos relatos se deben tener presente las distorsiones, conscientes o no, que contienen al interpretar una realidad ajena con su prisma vivencial y cristiano e imponerle a sus análisis sus escalas de valores. Uno de estos cronistas, Bartolomé de Las Casas, distinguió tres tipos de culturas deformaciones artificiales del cráneo -como sucede con otros grupos culturales que posteriormente se establecieron-. Dominaban el fuego y conocían la técnica para el tallado de la piedra de sílex que les servían para confeccionar sus útiles o herramientas. Sus actividades fundamentales eran la recolección y la pesca. Pene­traron poco en el territorio de la Isla porque la existencia de bosques densos se presentó como una barrera insalvable para estos pequeños grupos dotados de herra­mientas insuficientes. Su hábitat, así como sus rutas de traslado, fueron las costas y los ríos. Vivían a cielo abierto y sólo utilizaron las cuevas eventualmente.

Entre siete y cinco mil años atrás la configuración del área circuncaribeña comenzó a variar. Como consecuencia del calentamiento general de la Tierra empezaron a derretirse parte de los casquetes polares por lo que el nivel del mar subió lentamente. Las tierras emergidas en el período anterior fueron nuevamen­te cubiertas por las aguas en un proceso que condujo a la configuración actual del área circuncaribeña y, con ella, del archipiélago cubano.

Aproximadamente 4 500 años antes de la actualidad, y ya en las nuevas condiciones, se produce una segunda corriente migratoria. A diferencia de la pri­mera, ésta procedía de Centro y Suramérica (de los territorios actuales de Nicara­gua y Honduras y de Venezuela). Sus integrantes se establecieron en la costa sur de Cuba (Ciénaga de Zapata y Península de Guanahacabibes) y en la Isla de Pi­nos. Con posterioridad, y siguiendo las costas, se desplazaron hasta llegar a las zonas orientales del archipiélago. Para entonces, los grandes animales que habían servido para la alimentación de los cazadores paleolíticos, en su primera fase, estaban en extinción, aunque abundaban los animales pequeños y una exuberante vegetación. En las regiones cenagosas donde se establecieron, proliferaban los moluscos, crustáceos y aves.

Estas nuevas culturas se caracterizaron por tener como actividades funda­mentales la pesca de plataforma y la recolección litoral. Su hábitat fueron tanto las cuevas y abrigos rocosos como los espacios a cielo abierto, y, aunque algunos grupos penetraron hasta 5 km en el interior del territorio, los caracteriza el asen­tarse en el litoral.

Los rasgos somáticos de estos hombres fueron semejantes a los de los gru­pos anteriormente establecidos, es decir, los del indoamericano de procedencia mongoloide. Tampoco practicaban la deformación del cráneo. Algunos grupos parecen haber permanecido largo tiempo en un mismo lugar. Así lo indica la existencia de grandes residuarios. A diferencia de los grupos anteriores, en éstos no era notable el trabajo de la piedra. Las piezas macrolíticas de sus antecesores y su variedad son sustituidas por pequeños y toscos instrumentos como lascas filosas que servían de cuchillo para cortar carnes, raíces y otros alimentos, percutores, morteros (para triturar semillas, raíces o colorantes) y perforadores. En cambio, fueron estos grupos quienes introdujeron y desarrollaron las técnicas para confeccionar instrumentos con la concha marina. Su ajuar, término con el que se designa el conjunto de útiles de una comunidad, estaba dotado de piezas resultado del trabajo de la concha: picos de mano, raspadores, gubias y vasijas.

Estos grupos se sustentaron en relaciones gentilicias y matriarcales y poseían una marcada división del trabajo por sexo y edades. En lo referente a sus ritos funerarios existen evidencias que hacen pensar en el culto a los antepasados y en la creencia en una vida después de la muerte. Enterraban a sus muertos más de una vez. En el enterramiento “primario” se orientaba a los muertos con el cráneo hacia el este, a veces en posición horizontal, a veces en posición fetal. Después procedían a desenterrarlos para volverlos a sepultar -enterramientos “secundarios”-. Recubrían los huesos de polvo de ocre rojo, por lo que se ha supuesto que lo utilizaban como un sustituto de la sangre que poseen los cuerpos en vida.

Se calcula que hacia el 500 a.n.e. las migraciones caribeñas se incrementaron llegando a Cuba tres tipos diferentes de, pobladores. Procedente de la Península de La Florida y del valle del Mississippi, llegó uno de ellos. Su ubicación se encuentra en la costa norte de Matanzas, de donde se extendieron tanto al oeste como al este. Otro grupo, procedente de Las Antillas comenzó su establecimien­to por la región oriental de Cuba (fundamentalmente en Bañes) en el siglo vi de n.e. y al que se le atribuye haber introducido en Cuba importantes cultivos como el maíz, la yuca y el tabaco. Mucho después, probablemente en la primera mitad del siglo xv de n.e., llegó el cuarto núcleo migratorio. Este utilizó la misma ruta migratoria que el anterior. También comenzó su asentamiento por la región oriental (en la zona de Mayarí). Estos dos últimos grupos se extendieron hasta las regiones occidentales de La Habana y Matanzas.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *